Una pequeña reflexión

Hay pocas canciones que hagan emocionarme. Ellas son el intermezzo de la Cavallería Rusticana de Pietr Mascagni, la parte central y final del primer movimiento de las Danzas Sinfónicas de Rachmaninov, la Maja y el Ruiseñor de la suite Goyescas de Granados, el segundo movimiento del Concierto para Piano en sol mayor de Ravel, el épico segundo movimiento del segundo Concierto para Piano de Rachmaninov y, cómo no, La La Land de Justin Hurwitz.

Últimamente pienso que la música no es un lenguaje. Hay días en los que pienso que es nada, que no existe; algo así parafraseando a Gombrich (autor de “La Historia de El Arte”) que la música, realmente no existe, sino los músicos. Otros en los que escucho la agonía del primer movimiento de la Sonata 14 de Beethoven y me digo: joder, esto es total y absolutamente necesario que deba tener una definición.

Hallaré algún día a alguien que sepa explicar qué es la música. Esta noche no.

El problema es que es un arte demasiado complejo. Lo hay todo. En la música está la escritura arquitectónica representada en las fugas de Bach; los cimientos contrapuntísticos negadores de que tan solo la palabra tiene validez (principio del “régimen” musical anterior: renacimiento) y afirmadores de que la música, siendo sólo sonido, tiene sentido. Es decir: creando el sentido abstracto de la música. Antes de todo esto, la música estaba omnipresente con la Gran Arte: lírica.

Y cuando coges algo unido y lo separas y dejas que haga camino… qué lejos llega. Qué lejos estás música de lo que una vez fuiste: de ser la sujetavelas de la Lírica a ser la Reina Absoluta de las artes en nuestros conocidísimos días.