¿Estás nervioso?

Es un tema que me interesa mucho porque lo sufro en situaciones como hoy. Es miércoles y el lunes ofrezco un recital en el que todo el mundo me dirá que me ha salido fenomenal (excepto mi profesor porque así son los profesores).

Cuando un artista actúa no es como cuando juegas un partido. En el partido tienes un resultado que va a determinar si puedes estar contento o no. No es un examen que sepas si te ha salido bien o no. Yo puedo hacer un recital el lunes que viene pero no podré estar contento con mi trabajo hasta que no me digan aquellos que siempre han sido honestos conmigo que me ha salido bien o mal; hasta ese momento (que nunca sabes cuándo llegará) no eres más que un aspirante a sonreír. Y, después de saber la opinión de todos, te enfrentas al mayor crítico de tu vida: a ti mismo.

Pequeño apunte: Me encantaría saber qué reacción tendrían hoy en día los grandes pianistas si escucharan sus grabaciones ahora mismo: ¿dirían que qué mal les salió? Yo lo digo de casi todas mis actuaciones.

Se lo he dicho a todo el mundo: por favor, el lunes que viene dejadme en paz. Ni sorpresas (muy típicas en mi familia) de cosas proto urgentes (tanto que ni tan siquiera se han dignado en planificar para que no lo fueran tanto) de un día para el mismo.

Hoy me han dado 2 consejos que pienso poner en práctica de parte de una persona muy sabia. La cosa ha sido yo diciendo lo típico de: se acerca la gran fecha (como si se tratara de mi boda) y empiezo a sentir los nervios. A lo que él me ha dicho que conoce un método ideal para estar totalmente relajado. Yo, realizando mi mirada fija mantenida que te veo hasta el alma y la destruyo con el fuego de mis ojos si puedo, después de actuar más de 10 años y puedo asegurar que la primera y última vez que actúas es exactamente la misma sensación de cúmulo de nervios, tensión, miedo al error y todo el coctel del terror artístico y el reflejo del rostro de mi madre rogándole a su Dios que no me diera un ataque de cólera nivel: ¿pero quién eres tú? le he respondido desatando la sorpresa en el reflejo del rostro de mi madre: permíteme mi incredulidad. Entonces:

1.º El mal ni nombrarlo.

Ejemplo práctico: ¿Estás nervioso? No. Mal. Los nervios son el mal. Los nervios son lo que para los griegos el destino (el mayor gran mal de todos que fue el único que no escapó de la Caja de Pandora) para los artistas. Formulación correcta: ¿estás tranquilo?

2.º Mantener la boca llena de saliva.

Sí, como lo oyes. Le he preguntado si debía ser la mía propia porque me lo esperaba todo en este punto. Pero al final es que simplemente comas chile y pienses en tu comida favorita. Según el estudio no sé cuántos de no sé quién gracias a la secreción de saliva el cuerpo humano se mantiene tranquilo y cuando está la boca seca es cuando estás nerviosete (o no tranquilo a partir de ahora).

Y yo, de este hombre sabio, me fío. Y eso ya es.

Decía Norman Mailer que cada uno de sus libros lo había matado un poco más. Al resto de artes nos pasa lo mismo. Cada vez que un escritor publica un libro, un músico hace un concierto, un bailarín ofrece una danza y un orador recita una charla muere un poco más.

Y sí, estoy de acuerdo. En las antiguas tribus de África del Norte bailaban a la luz de la luna llena en honor a sus dioses y no se sabe por qué, un bailarín porque sí realizando la misma danza de todos los días, sucedía algo mágico: se alineaba todo, el tiempo se detenía y una actuación se hacía hueco en la memoria de los espectadores. Sé que sabéis de que estoy hablando. De esa actuación que no tiene nada distinto pero que se ha quedado grabada en vuestras mentes. Desde el City of Star de los 2 tontos de OT intentando tocar el piano hasta, como yo, a Martha Argerich el otro día en el Palau de la Música de València. Cuando eso pasaba, ellos gritaban Alláh. Tratando de decir que era Dios quien movía ese cuerpo. Esto lo exportaron a nuestra cultura los marroquíes. Solo que al paso del tiempo (como la palabra fiambrera) ha ido evolucionando al famosísimo español “olé” (o en el caso de la fiambrera a taperware según Dani Rovira).

Cada concierto me mata más. Mi alma, mi “olé”, se va “yendo” de mi cuerpo.

Irremediablemente, no me queda más que obligar a mi alma a sacar mi “olé” el día 22 de enero y permanecer muy tranquilo mientras masco chicle y pienso en montañas de chocolate; sacar la expresión y tensión de Bach, el patetismo de Scriabin, la vitalidad del primer Beethoven y la brillantez de Chopin. ¡Os espero!