Los adioses

Hoy me han dejado. Un disgusto me ha llegado después de un silbido escapado de mi teléfono. Un mensaje a las 11 de la noche que me va a mantener en vela. Un adiós. No, no ha sido mi pareja, sino una amistad que va más allá de la antigüedad: una amistad arcaica ya.

Al más puro estilo de un golpe encima la mesa, me ha dicho que no quiere saber nada más de mí; sin derecho a réplica, sin derecho a defensa, ni tan si quiera un por qué. Unas escuetas palabras de martirio que rondarán mi cabeza durante una semana y se marcharán con el humo de otro cigarro camino a Castellón.

Yo siempre lo he tenido claro; si te tienes que despedir de alguien que sea mirándolo a los ojos fijamente mientras le dices adiós y le pides sus últimas palabras. Y si no eres capaz de mirarle a los ojos, decirle adiós y pedirle las últimas palabras por las que va a ser recordado el resto de tu vida es que, tal vez, no estás preparado para decir adiós a esa persona.