Una canción

Una canción ronda por mi cabeza. No me deja dormir, no me deja relajarme, no me permite pensar en nada. Me obliga a ponerla siempre que puedo y cada vez me gusta más. Será obsesión, espero que dure poco.

Estoy hablando del final de la 3.ª de Mahler. Bueno, todo empezó con un amigo muy pesado (más que yo, así que ya os podéis imaginar) que es muy exquisito en la música. De hecho, si no digo que la versión que escucho es la de Abbado le reventará la cabeza; puesto que, según él -y yo-, el mejor intérprete de G. Mahler es el mismísimo puto amo de los directores: Claudio Abbado. Él ya me descubrió el final de la 2.ª que es… Sorprendente. Es un final apoteósico con instrumentos que pueden llegar a ser tan divinos como el órgano o las campanas de iglesia. Un final épico; de repetición motívica y que se desarrolla poco a poco en los cinco minutos que durará. Sin embargo, un día me dice: ¿sabes qué? La 3.ª es muchísimo mejor. La 2.ª solo tiene de extraordinario el final, la 3.ª en su conjunto es muchísimo mejor. A lo que yo le dije: ya la escucharé. Claro, para escuchar la 3.ª de Mahler (1 hora y 30 minutos) te hace falta un tiempo que no tengo de normal. Hasta el otro día, que la escuchée y sí; la 3.ª de Mahler está mejor compuesta que su 2.ª.

Y ahora tengo un dilema moral; no sé qué final me gusta más. El final de la 2.ª es épico, pero el de la 3.ª es trágico (lo cual tampoco le quita su punto de épica).

Así que supongo que me quedaré con las 2.