Récords

Crecí con el récord de Alonso de ser el piloto más joven en ganar un mundial de fórmula 1. Luego vino el de Vettel que le superó. Crecí con el récord de Messi de los 4 balones de oro. Luego vino el de Cristiano que le superó. Crecí con el récord de España de ganar un mundial y una eurocopa seguidos. Luego vino, bueno, aún no lo han superado. Crecía con el récord de Arkano del mayor intervalo de tiempo rapeando; más de un día completo. Y aún entrenando 3 horas la semana de antes, ¡ya había superado el récord que había! Luego estudié el récord de Nietzsche de ser el doctor en filología más joven en toda la Alemania del s. XIX. Hasta que sí, vino otro y lo superó.

Pero, mi pregunta es: ¿por qué tenemos esa necesidad de tener un récord? Hasta la persona más normal y corriente tiene uno: hasta Auronplay. Y siempre, más jóvenes. Ya  era el padre de Beethoven el que mentía sobre la edad de su hijo para que él ganara a Mozart. Yo creo que hay gente yonki de destacar, sí, yonkis de la noticia: como Felipe González u otros personajes que ya han pasado su tiempo y lo niegan permanentemente.

A mí me da… A mí me da que tenemos prisas por todo. Queremos ser siempre la noticia número uno de la portada del periódico mundial. Y ese afán por ser el número uno es lo que hace que las estrellas se estrellen -¿te has fijado qué juego de palabras más curioso?- o que brillen. Y tan solo brilla 1 estrella y el resto se estrellan; el récord es tan solo de una persona y ninguna más.