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Hay dos cosas por las que se caracteriza la cultura occidental, es decir; nuestra cultura.

La primera de todas es una obsesión absoluta con el número 3. ¿Por qué el 3? Ya en la Grecia Clásica se consideró el número 3 el número perfecto. Partamos de la reflexión de que las preguntas clásicas de la filosofía (que casualmente son 3) son: ¿de dónde venimos? ¿dónde estamos? ¿a dónde vamos?

Estas tres preguntas se tradujeron en la abstracción por principio (¿de dónde venimos?), medio (¿dónde estamos?) y fin (¿a dónde vamos?). Pero aún podemos ir más allá. ¿Por qué el número perfecto no puede ser el 1? Porque su principio es 1, su medio es 1 y su final es 1; pero el principio, el medio y el final no pueden ser lo mismo. ¿Por qué el número perfecto no puede ser el 2? Porque su principio es 1, su medio es… Bueno, no queda claro si su medio es 1 ó 2 y su fin es 2; sin embargo, tenemos la contradicción en el medio.

Así que nos queda el 3. Su principio es 1, su medio es 2 y su final es el 3.

La otra característica principal es que somos unos clasificadores natos: la búsqueda obsesiva del equilibrio y crear orden nos define como sociedad; y aún más, casi todas las clasificaciones son derivadas en 3. ¿A caso no es curioso que existan los notarios? Esas figuras etéreas -que siempre se llaman de Don como a los curas- que son la verdad personalizada.

Son dos principios fundamentales; la clasificación y ordenamiento de la sociedad y su clasificación en 3.